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Andando los siglos, aquellos Concejos fueron poco a poco dándole a
Sevilla su sabor, su talante, su compás y su sentido a base de ordenar
las cosas y las gentes, de aderezar el perfil de las calles y las plazuelas,
de dar servicios adecuados a cada realidad social... más o menos igual
que ahora.
En el año 1842 Sevilla vivió momentos realmente difíciles.
La ciudad se iba medio restableciendo de los quebrantos económicos
que la invasión francesa dejó en el país y, ya en plena
desamortización, se iniciaron incluso aventuras industriales.
En la isla de La Cartuja y en un convento confiscado a los frailes se inauguró
una fábrica de loza y cerámica fina. La montaron unos ingleses
y la trabajaron los sevillanos y las sevillanas.
A finales de ese año, octubre de 1842, un huracán dejó
Sevilla arrasada. No estaban los sevillanos para muchas alegrías en
aquellos días. Les hacía falta un revulsivo que les hiciera
desprenderse de tanta sombra de crisis, de tanto pesimismo.

